Quizás porque ahora tengo menos tiempo para pasear por la ciudad, hacía tiempo que no veía la acción de un carterista en directo en Barcelona, in situ. Aunque en este caso el intento no era robar una cartera sino un móvil.

A primera hora de la mañana del pasado jueves, 27 de abril, en la calle del Carme junto a Xuclà, oí cómo una señora de unos 70 años, turista estadounidense empezaba a gritar:

– “Give me back my mobile!“. Es decir: “Dévuélvame el móvil!”

El ladrón, un señor de unos cuarenta y tantos años, que físicamente parecía rumano, o albanés, de la Europa del Sud-este, se hacía el despistado. Dos compañeras jóvenes de la turista en cuestión hacían cara de descolocadas. Yo me lo miraba desde una cierta distancia, desde el otro lado de la calle, con la duda de si intervenir o pasar desapercibido.

Por suerte, un barcelonés del Raval inconfundiblemente Sikh, que se encontró la situación de cara, no dudó en intervenir y retuvo como pudo al entonces aún presunto ladrón.

Pero en ese momento la turista se puso a dudar de todo: “Espere un momento, que no estoy segura de si me ha robado el teléfono o lo tengo en la bolsa”, le dijo al pobre Sikh. Como si al hombre le fuera tan fácil retener al ladrón, que iba diciendo que no con la cabeza, que él no había hecho nada.

Mi mirada se despistó un segundo tratando de encontrar algún policía a cierta distancia de los hechos, tal vez en la esquina con las ramblas, pero no vi a ninguno. Y mi desvío de mirada coincidió con un momento clave: cuando giré la mirada de nuevo hacia la escena del robo, la señora ya no buscaba el móvil en el bolso sino que lo tenía en la mano. Pero, ¿lo había encontrado o era el chico quien se lo había devuelto?

Para aclarar la duda y entender bien lo que había sucedido, se lo pregunté acercandome -ahora sí!- a ella:

– “He had it or you had it inside your bag?”

Y efectivamente, era el ladrón quien le había devuelto el móvil, tal vez por la presión física del barcelonés Sikh, o quizás por la presión social de todos los que seguíamos la acción. Seguramente por la suma de las dos realidades.

Lo más curioso es lo que ocurre después de una situación de este tipo: que todo se deshace como una nube que se esfuma en el cielo. Las turistas siguieron su camino, -eso sí, con el susto en el corazón y con la cara que expresaba algo así como: “ya nos habían advertido que Barcelona es la ciudad de los carteristas!-; el vecino del Raval Sikh se fue rápido como para evitar mayores complicaciones en su propio barrio; y el carterista se quedó por la zona, en la calle de Jerusalén (uno de los que va hacia la Boqueria) haciendo ver que allí no ha pasado nada.

Ay, Barcelona.